jueves, 6 de enero de 2011

La lucha comienza

El pasado 21 de diciembre nos quisieron regalar por anticipado carbón, no dulce sino amargo. La Asamblea Regional fue el lugar elegido por los Reyes Magos del Partido Popular de la Región de Murcia (PP) para depositar toneladas de carbón altamente contaminante para las y los funcionarios públicos. Pero algo ocurrió, unos hechos inesperados para la gente de San Esteban, del PP y de la Asamblea Regional, unos acontecimientos dignos de narrar.

Escribió Karl Marx en El 18 Brumario que la Historia se repetía dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa. Eso debieron pensar nuestros consejeros regionales, que los vientos históricos soplaban eternamente a su favor y que los desmanes que pudieran cometer pasarían desapercibidos si se aireaba el espantajo de Zapatero y su zapaterismo. Así lo debió pensar también la Consejera de Hacienda, todavía en nuestra memoria la imagen imborrable de su apeamiento de una limusina en las inconfundibles calles de Nueva York. Allí estaban ellos, y el partido, y el empresariado que les exigía mano dura sin renunciar a sus prebendas, y las asistencias técnicas y las decenas de fundaciones convertidas en cementerios de políticos defenestrados o jubilados anticipadamente. Toda esa gente que vive de una cultura del poder que premia la fidelidad más allá del interés general, a la sombra de unos partidos políticos, salvo honrosas excepciones, que han logrado hacer del robo de la hacienda pública un acto honorable si las migajas se reparten desequitativamente entre los habitantes de pueblos y ciudades pequeñas.
En este ambiente, el carbón para las y los empleados públicos de la sanidad, la educación, los servicios sociales y los servicios generales era el justo premio para los suyos, los parásitos afectos al poder y, fundamentalmente, a sus prebendas en detrimento de esos otros a los que nunca les había llegado el tiempo de las vacas gordas, del enriquecimiento fácil y, por ende, de sus lujos y oropeles.
Además, el inepto de Zapatero, que lo es, los había golpeado con el guante del socialismo gobernante y éstos no habían respondido, se habían quedado callados, musitando su enojo y desprecio pero sin protestar ni ondear banderas de dignidad y resistencia.
El día 22 de diciembre las banderas de la lucha surgieron de la nada y se apoderaron de las calles de Murcia. Ya desde la mañana se intuía que el tijeretazo no iba a ser aceptado sumisamente por sus dagnificados. Las consejerías eran un hervidero de comentarios, de indignación, de apoyo verbal a la lucha contra una tal agresión. La noticia llegó como un maremoto a colegios e institutos, se expandió por hospitales, centros de atención primaria y de servicios sociales. El ambiente de la ciudad se enrarecía cuando se iba conociendo el contenido de la Ley de Medidas Extraordinarias para la Sostenibilidad de las Finanzas Públicas: reducían los sueldos, retornaba la jornada de 37,30 horas semanales, se cercenaban las medidas de conciliación, se liquidaba el plan de acción social, se suspendía el plan de pensiones, se congelaban las oposiciones, se penaba económicamente la enfemedad... y en la Exposición de Motivos se declaraba sumariamente que los culpables de la crisis eran las y los empleados públicos de la Administración Regional (aparte de Zapatero y de la deuda histórica). Y esto tras años de bonanza especulativa, depredativa e inmoral que había convertido a los y las empleadas públicas en parias, en gente con sueldos casi de miseria en un entorno en el que los billetes de quinientos euros volaban como moscas en un estercolero.
-¿Cuánto ganas al mes?-preguntaban familiares, amigos, casi extraños enriquecidos en pocas semanas-
-1000, 1100, 1200 euros -respondíamos sabiendo de antemano una respuesta que no se alejaba en exceso de “eso lo gano yo en una semana-.
En eso se había convertido la opción por el servicio a los ciudadanos, por la educación, por la sanidad, por los servicios sociales, todos públicos, en un lugar común para la mofa e, incluso, el escarnio. En una época en la que el dinero era el amo y señor espiritual de las calles, de las aptitudes individuales y colectivas, de las voluntades e incluso de la honradez que todas y todos asociábamos al compromiso con los demás y, sobre todo, con uno mismo.
La crisis económica, esta bajada a los infiernos para millones de ciudadanos, la mayoría gente humilde atrapada por la propaganda oficial que nos hablaba del país de jauja y del fin de los ciclos económicos del capitalismo, supuso también el comienzo de la caza de los culpables de la deflación y de la destrucción de empleo. Pronto, el punto de mira se dirigió a las organizaciones sindicales, culpables de mercados laborales demasiados rígidos y, por tanto, poco propensos a la competitividad en clave china. Luego, todas las miradas- de la CEOE, de los medios de comunicación afines, de la riqueza en general- se dirigieron a las y los empleados públicos, por dos motivos fundamentales. El primero porque era fácil crear una opinión social hostil contra sus supuestos privilegios- en primer lugar la estabilidad laboral-, y en segundo lugar, porque el sector público es un enorme y suculento pastel para el empresariado español, poco imaginativo y menos innovador. En diciembre de 2010, la campaña contra las y los empleados públicos había llegado a su punto álgido y ya algunos ingenuos sociales no llegaban a entender como no se producían actos públicos colectivos de arrepentimiento y autoflagelación de tales crápulas que vivían del erario público.
En este ambiente social, ¿cómo podían imaginar los miembros del Consejo de Gobierno, entre ellos la Consejera de Hacienda, inmortalizada, como ya hemos comentado, en la limusina neoyorkina en la edad dorada del despilfarro y la inmoralidad política en la que vivió nuestra región y nuestro país durante al menos diez años, lo que se les venía encima la tarde del 22 de diciembre?. Una verdadera y sana indignación popular no solo frente al saqueo de lo propio sino también contra esa gente que durante años habían vivido en la plácida ola del crecimiento y del enriquecimiento fácil, con pilares de miel amarga y traicionera y que, al primer problema, habían vuelto su mirada al colectivo al que consideraban más vulnerable socialmente para hacerles pagar sus propios errores y vergüenzas necesitadas de ser enterradas:
NOSOTRAS Y NOSOTROS.
Esa tarde un gentío atronador se reunió ante la Cámara de Comercio de Murcia para clamar su santa indignación; un gentío que llenó la plaza, que se manifestó espontáneamente, que se fragmentó en tres manifestaciones con tres direcciones distintas y que se desgañitó gritando su indignación y exigiendo la no aprobación del expolio de unos derechos laborales y sociales ganados con el trabajo bien hecho, con el servicio a los demás y con el orgullo de lo público. La tarde del 22 de diciembre fue el inicio de un movimiento de dignidad y resistencia frente a los atropellos de políticos y demás ralea que creían que la Administración Regional es su finca particular y que las y los empleados públicos sus siervos.
Se equivocan, somos ciudadanos y servidores públicos.
Esta bitácora nace con voluntad literaria, de narrar la lucha que se avecina, de manifestar la grandeza del servicio público, de servir a la causa de decenas de miles de empleadas y empleados públicos que luchan por sus derechos conquistados y por su dignidad mancillada por la caterva de políticos que viven y prosperan a la vera del poder, de cualquier poder.

¡ DIGNIDAD Y RESISTENCIA, COMPAÑERAS Y COMPAÑEROS !

1 comentario:

Vicente dijo...

¡Palante la Revolica!